Más allá de la Resurrección

Gran parte de la comunidad cristiana centra hoy su atención en la Resurrección de Jesucristo, el culmen de ese trípode integrado también por la crucifixión y muerte del Hijo del Hombre. Es la victoria de Jesús sobe el pecado y la muerte, la garantía de una vida eterna sin sufrimientos ni dolor (Apocalipsis 21:4).
Como ya es costumbre, una parte apreciable de la población ha aprovechado la “Semana Santa 2026” para celebrarla a su manera, en playas, ríos, hoteles y otros lugares de diversión, como si estuvieran en su última escena.
Lamentablemente, para muchos así será y ahí están las víctimas de cada año pese al esfuerzo preventivo para estas fechas de miles de voluntarios que, poniendo a un lado la oportunidad de compartir con sus familiares, brindan al país un aporte invaluable.
Otros, en cambio, han aprovechado la Semana Santa para el recogimiento, respetar la solemne cristiandad que encierra, compartir en familia y reflexionar sobre el curso de sus vidas.
Sin restarle trascendencia a ese acontecimiento que pone punto final a la conmemoración religiosa, iniciada con el llamado Domingo de Ramos, mi reflexión dominical no quiero centrarla hoy en esta fecha per se, sino en el tiempo de 40 días transcurridos desde la resurrección y ascensión de Jesús al cielo.
La actual Semana Santa fue un lapso en que medité bastante sobre la etapa post Resurrección.
Antes de su Crucifixión, Muerte y Resurrección, Jesucristo les dio a sus discípulos pinceladas de cómo sería el mundo sin su presencia física.
Una de ellas fue cuando les advertía sobre las consecuencias de la vida cristiana que emprenderían a partir de ese momento. “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33). Un llamado puntual a no perder la confianza en medio de los estresores de la vida.
La otra encaja perfectamente cuando, en medio de la desesperanza por una difícil situación personal, se podría acrecentar la incertidumbre debido al convulso escenario mundial que repercute en la economía nacional.
Tras la Resurrección, el llamado es a no perder la fe como nación en medio de la incertidumbre y augurios apocalípticos.
Jesucristo nos invita a estar en paz en medio del ruido mundial que genera inquietud. Se lo transmitió a sus discípulos durante la Última Cena cuando les dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. (Juan 14:27).
Tanto quienes asumieron este tiempo para la reflexión como los que optaron por divertirse en la Semana Santa 2026, entran este lunes a la rutina post Resurrección.
Los discípulos también lo hicieron. Volvieron a su oficio de pescadores que habían abandonado para seguir a Jesús. Y en eso estaban cuando se les apareció el Cristo resucitado a la orilla de la barca para comunicarles que estaba pendiente la promesa de recibir el Espíritu Santo.
Como sociedad retomamos la rutina en medio de la incertidumbre provocada por quienes, como plasmó el cubano Silvio Rodríguez en su icónico tema musical “Canción del elegido”, creen firmemente que la guerra es la paz del futuro. Y van contentos y desnudos matando cañallas con el cañón del futuro, sin reparar en que también caen vidas inocentes y frustran sueños alcanzados con mucho dolor y sacrificios.
Cuando un grupo de mujeres acudieron a visitar la tumba de Jesús tres días después de su muerte, en el camino se hacían la siguiente pregunta: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero esa enorme y pesada piedra ya no estaba, y el cuerpo del Mesías tampoco. (Marcos 16:3).
Tras la Resurrección, el llamado es a no perder la fe como nación en medio de la incertidumbre y augurios apocalípticos. Jesús dejó una promesa antes de su ascensión al cielo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. (Mateo 28:20). Removamos la piedra de la falta de fe y desesperanza.
Es un momento para fijarnos en el ejemplo de quien caminó sobre el mar, aquietó tempestades, curó complejas enfermedades, perdonó diversas faltas, aconsejó sobre el manejo de los sinsabores de la vida, enseñó sobre el amor, el perdón y la justicia, hizo sorprendentes signos y hasta resucitó a fallecidos. Pero también se conmovió con los desvalidos, se entristeció, sufrió y lloró como cualquier ser humano.
Una invitación para enfrentar con optimismo los avatares que la realidad nacional y el mundo nos vislumbran. A dejar atrás los odios y rencores que nos resultan tan difíciles de borrar, llenando nuestros corazones de esa paz que Jesucristo nos dejó. A practicar más la solidaridad, la tolerancia y la empatía. A preservar los ideales y principios de los padres fundadores que nos legaron una patria con perfil cristiano.
La invitación es a resucitar con Cristo en este día a una nueva vida, propiciando cambios personales y sociales que vayan más allá del acontecimiento que transformó la cruz, convirtiéndola de un instrumento para la muerte y la tortura, a uno de perdón y redención para la humanidad.
Una oportunidad de ir más allá de la Resurrección.




