Las mujeres anuncian la Pascua: Él va delante de nosotros

Compartimos esta reflexión del vicario general de la diócesis, Tomás Durán, en la que resalta que las mujeres, primeras testigos de la resurrección, son enviadas a poner en camino a la comunidad hacia el encuentro con el Señor. Vivamos con alegría la Pascua y seamos testigos de esta vida nueva
En el camino de Jesús un grupo de mujeres le acompañaba (Lc 8,2-3), y fueron ellas las que se quedaron en la cruz, sin abandonarle, “mirando” desde lejos (Mt 27,53-56). Ahora, “al alborear el primer día de la semana”, se acercan a “ver” el sepulcro. Ellas han tenido “ojos para ver” su camino por Galilea y lo han entendido, no como las multitudes que no ven (Cf. Mt 13,13-15); ellas han escuchado que iba a dar la vida y sería resucitado (Mt 17,22-23). Han sido testigos fieles de su crucifixión y ahora vienen a esperar su resurrección. Son todo un modelo de discipulado en el camino tras las huellas del Maestro. “La palabra decisiva que el cristianismo dirige al mundo es específicamente un mensaje de mujeres… Ellas son capaces y dignas de ver y hacer visible la victoria de la vida sobre la muerte” (E. Drewermann) (Cf. Nuria Calduch-Benages, El perfume del Evangelio. Jesús se encuentra con las mujeres. Pág. 95. Verbo Divino. 2010).
“Y de pronto tembló la tierra, pues un Ángel del Señor, bajando del cielo… corrió la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella”. Los poderes políticos y militares, las élites religiosas, habían sellado el sepulcro y puesto una guardia sobre él. El Ángel, que viene de Dios, “de aspecto de relámpago y vestido de blanco”, desbarata en un momento todo el aparato militar de los “centinelas que tiemblan de miedo”. “Y se sienta sobre la piedra del sepulcro”, en gesto de triunfo. La intervención del Padre, tal como la describe este texto de San Mateo, vuelve inservible la fuerza de este mundo, igual que un día “ahogó en el mar al ejército egipcio” (Ex 14,21-31). “Dios derriba del trono a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes” (Lc 1,52), nos dice este cántico pascual que es el Magníficat, en labios de María.
El Ángel habla a las mujeres: “No temáis. Jesús, el crucificado, a quien buscáis, no está aquí. Ha sido resucitado”. El texto está en pasiva: “Ha sido resucitado”. Es el Padre quien lo ha levantado del sepulcro y de la muerte y le ha dado la vida. Es un primer anuncio que recorre la primera hora de la evangelización: Jesús, “constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rom 1,4). “Ha resucitado, como Él había dicho”, les recuerda el Ángel. Esta es la confesión final del evangelio: el Padre ha resucitado a su Hijo, ha sido levantado de entre los muertos. “Ved el sitio donde yacía”. “Fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras” (1Cor 15,4), dice San Pablo en el credo más antiguo.
Las mujeres se convierten en las primeras en “ver” la experiencia de la resurrección de Jesús. Estas tres mujeres son las primeras oyentes y receptoras del anuncio de la resurrección. Y, más aún, se convierten en las primeras enviadas y misioneras: “Id aprisa a decir a los discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis”. Los discípulos varones, que habían huido y dejado solo a Jesús (Mt 26,56), son a quienes ellas son enviadas. Y será en la misión, por los caminos de la periferia del mundo, en Galilea, no en el centro político como es Jerusalén, “donde se dejará ver” (Cf. W. Carren, Mateo y los márgenes, pág. 769. Verbo Divino, 2007). Es distinto a las profecías, donde se invitaba a caminar hacia Jerusalén a todos los pueblos; ahora será salir desde Jerusalén a Galilea (Mc/Mt) y a “los confines de la tierra” (Hech 1, 8), a los últimos. “La Iglesia es creada por el Espíritu Santo como Iglesia que abraza todos los pueblos: abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de razas, clase, nación; abate todas las fronteras y une a todos los hombres” (Cf. Benedicto XVI. El año litúrgico predicado por Benedicto XVI, Ciclo A. Madrid: Ediciones BAC, 2017. pág. 276.)
Así ha sido siempre en el camino de la historia de la evangelización, y así es también ahora, en cualquier “Galilea” que nosotros recorremos (ciudades, barrios, pueblos, aldeas), en todos los momentos de la misión: sea el lugar que sea, “Él va delante”. Cuando lleguemos, ya está Él allí. Cualquier misión, aunque sea en “el lugar más pobre y humilde” (PO 15), será Galilea, porque la recorre él delante de nosotros (Marcelino Legido).
“Ellas salieron deprisa, con miedo y alegría…, corriendo, a anunciarlo a los discípulos”. “Iban corriendo… con temor y alegría”, señales inequívocas de la misión de todos los tiempos. Y mientras “iban corriendo”, Jesús se deja “ver” por ellas, “sale a su encuentro”, sin relámpagos ni destellos, sino como un peregrino sencillo, un caminante. Es una aparición “mientras iban corriendo”, es decir, por el camino, y no para que se detengan y lo aprisionen a él (“agarrarle”), sino para “adorarle” (caer rostro a tierra) y seguir corriendo. Les dice: “Alegraos”, distinto del “no temáis” del Ángel. La alegría pascual es la característica de la misión de las discípulas.
Más allá del miedo está la alegría de que Él está en el camino, delante. “Id, anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Encuentro con el Señor, adoración, misión… “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Cuatro momentos necesarios de la misión: encuentro (Él se deja encontrar), caer rostro a tierra (adoración larga), enviados por Él, presencia continua suya. Este “encuentro”, adoración y envío sucede en la Eucaristía dominical, “pascua semanal”, “fuente y culmen de toda la evangelización” (PO 5.6).
Comenzamos la Pascua del Señor 2026. Él se va a dejar “ver” de nosotros en la Palabra que nos hará arder el corazón, en la fracción del pan que nos abrirá los ojos, en los pobres —misteriosa presencia del resucitado peregrino, jornalero… (Jn 20,15)—, en el corro de hermanos que celebra la buena noticia de su triunfo y en la misión en el camino, mientras “vamos corriendo”.
“Vayamos a Galilea, allí le veremos. Él va delante”: con sus “manos abiertas y misericordiosas” (camino), con sus “manos “heridas y enclavadas” (cruz) y con sus “manos encendidas” (Pascua), de fuego y Espíritu Santo (Marcelino Legido). Antropología del hombre nuevo para la postmodernidad: manos abiertas y misericordiosas, manos abiertas y heridas, manos encendidas de Espíritu Santo, ofrecidas para suscitar la fe en Él, por el camino del asombro de su amor por nosotros.
¡Feliz Pascua de Resurrección del Señor!
Tomás Durán Sánchez, vicario general




