La costosa paz de los motores fundidos

Las respuestas del presidente Rodrigo Paz sobre la crisis de la “gasolina basura” confirman que, en política, hablar mucho sigue siendo una forma eficaz de no explicar nada. Frente a un problema generado durante su gestión, el mandatario recurre a una fórmula conocida: trasladar responsabilidades, amplificar la indignación y postergar las soluciones.
La pregunta fue directa: si habrá resarcimiento por los motores dañados. La respuesta también lo fue, pero en sentido inverso: “Eso será respondido por quien corresponde”. En una sola frase, Paz reconoce el daño, pero deriva la explicación a terceros, YPFB o el ministro del área, sin confirmar compensaciones, mecanismos ni plazos. La omisión funciona como política discursiva.
Aunque dice actuar con cautela, “No quiero adelantarme porque creo que…”, introduce de inmediato una causa general: “Ustedes saben que hay un sabotaje en todo esto porque un Estado de 20 años no se resuelve en tan corto plazo”.
La contradicción es lógica: se invoca prudencia mientras se instala una explicación amplia, no demostrada y difícil de verificar, que diluye responsabilidades concretas.
El discurso avanza luego entre dos planos sin conexión clara. Por un lado, la herencia estructural: “Un Estado de 20 años no se resuelve en tan corto plazo”. Por otro, una denuncia específica y actual: “Esto es una lacra. Es una corrupción… hay gerentes que bajaron a la calidad de técnicos y a sus técnicos los subieron de gerentes”.
Si el diagnóstico es tan preciso, queda sin respuesta la pregunta obvia: ¿Qué hizo su gestión en estos tres meses para corregirlo?.
La fragilidad del relato se acentúa cuando el propio presidente relativiza su acusación: “No sé… esto me lo tienen que confirmar, pero preliminarmente…”. Aun así, utiliza términos categóricos como “lacra”, “corrupción” y “mafias internas”, dejando al discurso correr más rápido que la evidencia.
Uno de los reconocimientos más contundentes es también el más revelador: “No puede ser que con 60 mil millones de dólares tengamos una ineficiente capacidad de laboratorios”. Sin embargo, esa admisión de fracaso institucional no deriva en asunción de responsabilidad política.
El cierre vuelve a desplazarla: “No me corresponde a mí… serán las autoridades del rubro las que tendrán que dar esas explicaciones”.
El tiempo verbal dominante es el futuro: “Vamos a relanzar toda una visión”, “habrán anuncios muy duros”, “habrán más anuncios”. Promesas sin contenido que no responden al daño ya causado. Así, el discurso combina denuncias severas, explicaciones fragmentadas y una constante derivación de responsabilidades, sin definir quién responde, cómo se repara el daño ni cuándo.Mientras el poder habla, habla y habla, quienes pagan los caros errores de Paz no están en los despachos ni en las conferencias de prensa. Son los más pobres y necesitados, gente que se gana la vida como mototaxistas o con un vehículo que apenas lograban mantener y que hoy ya no tienen, porque la “gasolina basura” se lo fregó.




