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Crónica de la resistencia en el día a día de Nicaragua

Cuando el apetito por salir de la dictadura crece tanto dentro como fuera del país, es cuando el pueblo les pierde el miedo.  La gente rechaza al statu quo, en desagrado por el sistema que los gobierna, aunque no haya gritos en la calle. Para muchos, la presencia de un estado policial en Nicaragua disuade al ciudadano de protestar en la calle, por lo que la única opción es depositar su fe en la intervención de Estados Unidos. 

Pero la gente expresa desdén hacia los dictadores y, sobre todo, hacia la mala calidad de vida, y esto no puede ignorarse. Es cierto, son ocho años de vivir bajo vigilancia, y unos se acostumbran, especialmente aquellas generaciones que no vivieron lo que es estar en plena libertad, y han crecido al estilo chino, “libres mientras evites opinar de política” en medio de la farándulas y el espectáculo. 

Las conversaciones y entrevistas con cientos de ciudadanos revelan que uno no está satisfecho, ni a favor de cómo se vive en el país. “yo leo tus artículos, mas no me es conveniente reaccionar; pero sí los leo.”, me dicen. 

Es resistencia, imperfecta tal vez, pero consciente.   

Sea por lo económico, la dependencia de las remesas, la separación familiar, la corrupción, o la represión, la gente sabe que Nicaragua no es ningún paraíso y que la ‘culpa’ la tienen “ellos”. 

El historiador Wolf Gruner, en su libro “Resisters: How Ordinary Jews Fought Persecution in Hitler’s Germany”, relata que, en la Alemania nazi, los judíos recurrieron a diversas formas de resistencia para combatir la opresión generalizada contra ellos. Estas incluían la protesta oral, las declaraciones escritas de oposición, el combate a la propaganda, el desafío a las leyes e incluso la autodefensa. Gruner desmitifica la noción de que los judíos, por ser vulnerables, no resistían. 

También en Nicaragua, hay protesta, hay combate a la censura y hasta se intenta desafiar las leyes, se recurre al abogado, se desgasta lo que se puede aun arriesgando mucho.

Rebeldía frente a la economía

La situación económica no está fácil, y para la mayoría de la gente se debe a que el Gobierno no hace mucho por ellos. La gente en general vive con no más de 10 000 córdobas mensuales y eso si les va bien. A una madre soltera y con profesión universitaria, no le da el salario que gana; “aquí la situación, ya sabes cómo está,” dice un mercadólogo. “Uno no gana suficiente, y mí me gusta mi trabajo, pero no me pagan si no hay anunciantes para hacer programas, y nadie quiere gastar en eso porque no venden mucho. Esta vez me pagaron 3500 córdobas la quincena.” Un anciano dijo recibir una pensión mensual de 4750 córdobas, y con eso cuida a su nieto también, “esta gente nos quitó más de la pensión y nos estrangula. No se puede vivir así.”

El que está más o menos bien vive de remesas, “yo estoy sin empleo, pero sobrevivo junto a mi mamá con las remesas que nos mandan mis hermanos.” El día a día es con poco; los que tienen profesión tratan de arreglárselas trabajando en lo que pueden; muchos perdieron sus trabajos con los cierres de oenegés, y no fue poco; ganaban 25 000 córdobas, cotizaban y tenían seguro médico. Son más de 30 000 profesionales los que perdieron su empleo (en un país con solo medio millón con estudios universitarios).

No maldicen a la “Chayo” porque son gente decente: No son la gente de la farándula, a lo JR que saca sus videos con vulgaridades para hacerse popular; pero no la quieren, aunque los obliguen a escuchar sus monólogos. Y la gente protesta, a como pueda; no compra donde los chinos ni va a los negocios de los cómplices. Se burlan de las ‘highlife’ de la Blandino y los cantos de Laureano; no se quedan callados. 

Frente a la corrupción todos somos testigos

La gente sabe que hay ladrones en el Gobierno; y es cierto, no sabe cuánto roban, pero uno es testigo.  “Ahí estaba el alcalde en el pueblo, él se las arregla con la Policía. Le informa a quien no le cae bien y después le roban sus propiedades.” Es despiadado, dice uno. 

Una señora mayor, que trabajaba para una empresa privada que realizaba labores para la alcaldía, se quejaba de que le habían quitado el trabajo. “Hace un año logré un trabajo en algo típico de mi área. Pues cuando se dieron cuenta los de la alcaldía de que estaba ahí, la secretaria política de la entidad mandó a sacarme y perdí mi trabajo. Pero no me dejé, los recriminé y acusé de favoritismo.” Me amenazaron con tranquilidad: “Si no sos de nosotros, no te dejamos entrar aquí.” “No les rogué, pero no lo olvido, lo tengo presente todos los días y sé que tarde o temprano habrá justicia por todo esto que nos han hecho.” 

Los empresarios saben que hay que portarse bien con la Wendy, que uno tiene que jugar el rol de ovejita bien portada cuando los citan al ministerio. Pero todos lo saben, “mirá, entre Victorias hablamos de cómo nos quieren cobrar, que las órdenes vienen de arriba.” Pero un importador que tiene que pagar más con tal de no caer en la trampa extorsionista dice: “¡nada es eterno, vas a ver!”

Esquivando la coerción y represión

Aunque no se puede abrir la boca ni quejarse, uno se las ingenia para condenarlos.

“Bajo la presión de la muerte y el encarcelamiento, no podés actuar con normalidad”, dice un funcionario. Aquí “hay un cerco sobre uno, y no se sabe quién te puede llevar preso o desaparecerte en cualquier momento”, agrega. Pero tampoco es que el silencio sea aceptación, “no te equivoques, en el trabajo “sabemos quién habla por ellos; entre señas y guiños nos entendemos”, advierte. 

Como en los años setenta, en la lucha contra Somoza, cuando la gente escuchaba calladito a la Radio Sandino “en algún lugar de Nicaragua”, hoy día uno busca la noticia de afuera y se mantiene informado. Otro ciudadano entrevistado me decía, “Yo sé que no es conveniente hablar de política, pero no estoy de acuerdo con las leyes implementadas, como la que elimina la nacionalidad de muchas personas”.

Uno resiste contra la “Chayo” sin andar gritando en la calle, pero sí confirmando e informándose de todo lo que pasa, de lo que callan los medios oficiales y la censura. “Te vi en la entrevista que diste; que Dios los bendiga a todos los que están tratando de que nuestra Nicaragua sea libre…” A muchos no se les escapa nada de lo que pasa y de lo que quieren que cambie.

Migrar porque no hay de otra

La intención a migrar es votar con los pies. En Nicaragua no solo se vive con poco, sino que se respira con riesgo. “Yo estoy pensando en buscar trabajo afuera, ya que solo con las ventas no me da.” Y esto no es nuevo, ha sido un declive gradual.  Una joven emprendedora contaba: “Quiero salir de esto”. “Antes estuve de secretaria, antes de la pandemia, en una constructora, pero dejó de funcionar después de 2018, y desde entonces no estoy bien.”  Por eso me quiero ir a Costa Rica, dice, “la verdad hasta de limpieza me iría por la necesidad, o hasta de niñera me metería”. Esta gente nos estrangula y no me queda de otra. 

Otra persona lleva seis años sin ver a su pareja relata: “Yo quiero viajar para ver a mi esposo… sobrevivo de las remesas que me manda, pero no trabajo y quiero una mejor vida y estar con mi familia.” “Si no fuera por estos (palabrota), estaríamos juntos y mejor”, dice.

La iglesia y el culto

Así como en algunos trabajos se guiñan el ojo para hacerse señas sobre cuándo abrir la boca, lo mismo pasa cuando a los vecinos les dicen que no pueden salir a procesiones porque ‘está prohibido’.  Ellos se escriben, se llaman, y organizan sus rezadas al santo, invitan al cura a dar misa en otro lugar. Una feligresa me dice, “Cuando se trata de Dios, somos resistentes y obstinados… pero ¡de que queremos sacar al diablo de aquí, eso sí, por eso hay más en lo que rezamos…!”

La lucha continúa

Daniel Ortega tuvo razón al decir que “hemos perdido el miedo al miedo”. En Nicaragua, el miedo tiene nombre, Ortega-Murillo, y la gente no los aguanta. La lucha cívica dentro y fuera del país no es un mito, y debe integrar la experiencia del día a día del nicaragüense y superar la noción de que un tercero les resuelva.

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