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El actor mexicano Diego Luna, sobre el Mundial 2026 y la FIFA: “La corrupción ha pintado por completo el fútbol”

Con motivo de la victoria de España contra Argentina en la final del Mundial de fútbol 2026, FOTOGRAMAS recupera la entrevista al actor mexicano Diego Luna que se realizó hace un mes por el estreno en Netflix de ‘México 86’.

Martín de la Torre vendió su alma al diablo para que México acogiera por segunda vez un mundial de fútbol. Engañó en sus narices a Henry Kissinger y llegó a emborrachar a base de tequilas a un miembro de la FIFA que evaluaba los daños estructurales de los estadios después de que un terremoto asolara Ciudad de México en 1985. ” Eran las seis y pico de la mañana. Yo estaba bañándome, preparándome para ir a la escuela, y recuerdo perfectamente aquel temblor brutal”, cuenta Diego Luna (Toluca de Lerdo, México, 1979). “Tuve la fortuna de vivir en una casa al sur de la ciudad, muy cerca de la Universidad Nacional y del Estadio Olímpico Universitario, construida sobre piedra volcánica, lo que hizo que el terremoto no destruyera esa zona. Vi a lo lejos cómo la ciudad se venía abajo y cómo empezó a levantarse de nuevo”. Apenas un año después, ahí mismo, se estaba celebrando un mundial de fútbol, con Maradona metiendo un gol con la mano.

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Antes de ser actor, ¿soñaste con ser futbolista?

Híjole, yo todavía sueño con ser futbolista. A veces estoy viendo un partido y pienso que lo haría mejor.

¿Qué recuerdos ligados al fútbol hay en la infancia de Diego Luna?

Nosotros tirábamos dos mochilas del colegio al suelo y las poníamos como portería. Cuando pasaba un coche por la calle, todos corríamos a quitarlas. Pasaba el coche y volvíamos a colocarlas. Lo bonito del fútbol es que se puede jugar en cualquier parte, literalmente. Incluso aquí mismo, si nos ponemos creativos, podríamos montar un partidito. Había juegos increíbles. Nosotros jugábamos incluso con una moneda sobre una mesa. Uno hacía de portero con las manos y el otro intentaba marcar. No sé si aquí existía.

Aquí se jugaba con chapas…

Es que recrear un partido de fútbol puede hacerse de mil maneras. Y eso es emocionante porque se necesita muy poco para jugar, pero al mismo tiempo hace falta lo más importante para divertirse: la colectividad. Si practico boxeo, estoy solo. En cambio, el fútbol necesita al menos a otra persona para que exista el fenómeno. Y cuanto más seamos, mejor.

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La mano de Dios (y una mano en la caja)

El 22 de junio de 1986 el tunecino Ali Bin Nasser concedió a Argentina un gol imposible. La mano de Maradona elevada al cielo, trampantojo inmortal sobre la cancha que engañó a los 115.000 espectadores del Estadio Azteca mientras el eco de la Guerra de las Malvinas y los efluvios de mezcal y pulque rodeaban un palco de señores engominados donde se libraba otra tangana. Entre ellos estaba Martín de la Torre, un tipo mediocre que había pasado de editar gráficas a cenar con el dueño de Televisa, la todopoderosa empresa de medios de comunicación de habla hispana. Terminó siendo conocido como el presidente de la Federación Mexicana de Fútbol que, cargado de fajos de billetes y ligero de escrúpulos, había movido cielo y tierra para que su país albergara el segundo mundial de fútbol de su historia imponiéndose a Estados Unidos. Héroe para unos, oportunista para otros, su odisea de sobornos y corruptelas se tradujo en el mayor acontecimiento futbolístico del siglo XX.

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Cuarenta años después de aquella oda al balompié, Diego Luna se enfunda el traje de Martín de la Torre en ‘México 86’, la nueva película de Gabriel Ripstein para Netflix que, entre rancheras vintage y costumbrismo ochentero, compone el retrato de un hombre que parece convencido de que cualquier pecado queda absuelto si sirve para agasajar a la FIFA. Uno de esos personajes (des)hechos a sí mismos, capaces de justificar cualquier sacrificio por algo más grande que ellos mismos, que obligan al espectador a preguntarse cuánto poder está dispuesto a acumular un mindundi en nombre de una causa colectiva.

Tu personaje hace gala de lo que en España se llama “picaresca” y hace suya la máxima de que “el fin justifica los medios”. ¿Avalas esa filosofía?

No, todo lo contrario. Creo que la película, en ese sentido, es una crítica profunda. Por eso tiene el final que tiene… Sin duda, Martín de la Torre está dispuesto a hacer cualquier cosa en su ascenso dentro de esa institución política que representa la Federación Mexicana de Fútbol. Y, en realidad, funciona como una metáfora del PRI, el Partido Revolucionario Institucional, esa especie de cuasi monarquía donde cambiaban las caras, pero la estructura seguía siendo siempre la misma. Martín está dispuesto a todo por servir a la institución y traer un Mundial a México, pero en el fondo lo que hay es una lucha de poder, una obsesión por imponerse. Ama el fútbol, sí, como todos, pero utiliza ese amor para esconder intenciones muy oscuras.

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Viggo Mortensen dice que siempre que se acerca a un personaje tiene que entenderle, aunque sea el mismo diablo. ¿Has llegado a empatizar o a compadecerte de un tipo como Martín de la Torre?

Es un personaje entrañable, como ocurre con los seres humanos. Vivimos en una zona gris. Creo que el cine interesante no funciona desde juicios absolutos de blanco o negro. Lo bonito es cuando los personajes son contradictorios. Y este lo es profundamente.

Es triste que incluso un deporte que nace de los barrios pueda terminar manchado por la corrupción…

Yo creo que, en realidad, la corrupción ha pintado por completo el fútbol. Hoy tenemos muchísima información sobre cómo los intereses económicos y políticos terminan imponiéndose sobre esa idea hermosa del fútbol: once contra once, donde todo es posible, donde el más débil o el más pobre puede derrotar a una potencia. Esa idea tan bella del fútbol se ha ido torciendo. Hay documentales, investigaciones, películas y libros que hablan de ello. Y México 86 es un punto de quiebra muy importante en ese sentido. De hecho, el Mundial que está por jugarse ahora tiene mucho que ver con lo que pasó entonces.

¿En qué sentido?

México 86 fue el segundo Mundial que se abrió a más selecciones después de que en España 82 se ampliara el cupo, cuando el torneo pasó de 16 equipos a 24. Querían convertirlo en un fenómeno más global. Y, por supuesto, cuanto más global era el impacto, más grande era también el negocio. Además, México 86 fue un Mundial en el que una televisión se involucró desde el origen mismo de la organización, con la misión de amplificar el espectáculo y hacerlo llegar a todas partes del mundo. Y ahí empezaron a priorizarse muchos factores financieros y políticos relacionados con el poder. Ahora, el Mundial 2026 vuelve a crecer todavía más: habrá más equipos, se jugará en tres países… Hay toda una deuda histórica de la FIFA con Estados Unidos y muchísimos intereses cruzados. Por eso es interesante mirar hacia atrás y establecer paralelismos con el presente. La corrupción siempre ha estado ahí.

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¿Es posible separar el éxito de un Mundial de las dinámicas de poder que genera?

El arco de la película habla precisamente de eso. Primero ves cómo el Mundial ayuda a reconstruir una ciudad y hasta un ánimo nacional después del terremoto. México recibe al mundo como nunca antes lo había hecho. Pero luego aparece el vértigo del poder. La institución que representa mi personaje —porque él, en realidad, es una excusa para hablar de toda una estructura— se embriaga con el éxito y con las posibilidades que se abren. Y además México tenía un equipo competitivo. No solo éramos buenos organizadores: parecía que incluso podíamos ganar el Mundial. ¿Y cuál fue la resaca de toda esa borrachera? Pues que no fuimos a Italia 90.

Tu personaje también engaña a su mujer, que no deja de ser otra forma de corrupción moral. ¿Crees que la corrupción es inherente al ser humano?

No, no lo creo. Para nada.

La mano de Dios de Maradona en los cuartos de final que enfrentaron a Argentina contra Inglaterra terminó convirtiéndose en la imagen icónica de México 86. Si tuvieras que quedarte con una sola instantánea del rodaje de la película, ¿cuál sería?

Qué buena pregunta… Creo que sería el momento en el que mi personaje está frente a todos los delegados en esa enorme sala de la FIFA, con esa mesa gigantesca, hablándole prácticamente al mundo entero. Ahí entendí completamente quién era el personaje. Por un instante se siente el PRI, se siente esa estructura de poder absoluta. Él siente que ya llegó a la cima, que no hay nada más arriba. Está frente a representantes de todo el mundo, tiene toda su atención y está a punto de conseguir algo que parecía imposible. Hasta Kissinger está sentado ahí mirándolo. Esa sensación de poder… Para mí, ese momento resume por completo al personaje.

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En 2025, cuando ‘Aún estoy aquí’ ganó el Oscar a Mejor Película Internacional para Brasil, el país lo celebró casi como si hubiera ganado su quinto Mundial. ¿En México se vive el cine igual que el fútbol?

No, tenemos una cuenta pendiente. Los que hacemos cine tenemos que reconectar con el público de nuestro país. En México cada vez son menos las historias de éxito, y cuando hablo de éxito me refiero a la capacidad de conectar con la audiencia. Al cine mexicano le ocurre algo curioso: se le celebra mucho fuera de México, pero esa celebración no siempre va acompañada por un verdadero recorrido dentro del país. Antes sí sucedía. Yo recuerdo que a principios de los años 2000 el cine mexicano se celebraba en México. Hoy hay menos de eso. Ojalá quienes hacemos cine logremos encontrar a más públicos. Y ojalá también podamos superar este momento tan difícil, en el que cuesta tanto conseguir que el cine siga siendo una experiencia colectiva. Para mí, precisamente esa experiencia compartida es lo que vuelve al cine indispensable. Y espero que también lo siga siendo para el público. Que el cine se vea y se disfrute en comunidad.

Acabas de volver del Festival de Cannes, donde has presentado ‘Ceniza en la boca’, tu cuarta película detrás de las cámaras. ¿Cómo dirigirías a la selección mexicana de fútbol?

Yo, entre otras cosas, ya pienso menos en mí como futbolista… Pero definitivamente como director técnico siento que tendría mucho que ofrecer. Muchísimo. En mi caso cambiaría las reglas de todo. Absolutamente de todo. Dejaría a los jugadores hacer muchas cosas que normalmente no les permiten hacer. En fin, creo que sería muy divertido jugar en una selección dirigida por mí.

¿Cómo ha sido la pizarra del director de ‘México 86’, Gabriel Ripstein?

Hemos hablado poco de él y es fundamental. Es un director que disfruta mucho de lo que sucede entre los actores en el set y procura constantemente generar un espacio de libertad y de juego. Se creó una dinámica muy especial entre Gabriel Ripstein, Daniel Giménez Cacho y yo. Ojalá hubiéramos tenido más escenas juntos, porque cada vez que coincidíamos en el set lo pasábamos realmente bien.

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Precisamente, este año se cumplen 25 años de ‘Y tu mamá también’.

¡Un cuarto de siglo ya!

Y ‘México 86’ te ha reunido de nuevo con Giménez Cacho, que era el narrador de aquella película que protagonizaste con Maribel Verdú y Gael García Bernal en 2001. ¿Cómo ha sido este reencuentro?

Hay que decir que desde entonces hemos trabajado juntos en muchas ocasiones y de muchas maneras distintas. Daniel ha actuado en películas que yo he producido, hemos coincidido en numerosos proyectos, he seguido muy de cerca su trabajo y él el mío. Hablamos mucho. Nos vemos menos de lo que nos gustaría, pero cada encuentro vale la pena. Es mi amigo y compañero desde que tenía dieciséis años. De hecho, hice mi primera obra de teatro con él cuando tenía quince. Así que llevo más de treinta años conociéndolo. Y disfruto muchísimo trabajar con él. Además, es un actor tremendamente generoso, muy divertido y muy irreverente, en el mejor sentido de la palabra. Está jugando todo el tiempo. Y eso se disfruta especialmente en una película como esta, con un tono como este.

Una última petición. ¿Pronóstico para el Mundial 2026?

México campeona.

¿Final contra España?

No mames… Espero que no. Me gustaría volver a pisar tu país.

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