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Independencia: la dignidad que heredamos y el país que estamos obligados a construir

Hay fechas que se celebran y otras que nos examinan. El 27 de febrero no es solo un día de memoria; es un día de conciencia. Nos obliga a preguntarnos si estamos viviendo a la altura del país que otros soñaron, defendieron y nos entregaron como posibilidad.

La independencia dominicana no fue un accidente ni una concesión de la historia. Fue una decisión moral tomada en condiciones adversas, protagonizada en gran medida por jóvenes que eligieron la incertidumbre antes que la sumisión. Duarte y los Trinitarios no contaban con poder ni con garantías de éxito; contaban con una convicción: que este pueblo merecía existir por sí mismo y gobernar su destino.

Cuando Duarte afirmó que “vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor”, no hablaba de retórica ni de símbolos. Hablaba de dignidad. De la necesidad profunda de no vivir subordinados, de no renunciar a la identidad, de no aceptar que otros decidan quiénes somos y hacia dónde vamos. La patria, en esa visión, no es solo territorio: es el espacio donde cada persona puede existir con respeto, seguridad y esperanza.

Pero esa dignidad no se sostuvo únicamente en los nombres que hoy figuran en los monumentos. También fue sostenida —con una fuerza silenciosa y decisiva— por las mujeres.

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Mujeres que no firmaron actas, pero cosieron la bandera.
Que no comandaron tropas, pero sí protegieron gestiones patrióticas.
Que no ocuparon cargos, pero sostuvieron la causa con inteligencia, fe y sacrificio.

María Trinidad Sánchez, que prefirió la muerte antes que delatar a sus compañeros.
Concepción Bona y María de Jesús Pina, que dieron forma material al símbolo de la nación.
Rosa Duarte, que resguardó la memoria y el compromiso familiar con la patria.

Ellas representan una dimensión profunda de nuestra identidad: el patriotismo entendido como servicio y entrega, no como protagonismo. La independencia dominicana también fue una red de cuidado, de coraje íntimo y de amor activo por el país.

Esa herencia vive hoy en millones de mujeres dominicanas que sostienen hogares, educan generaciones, lideran comunidades, participan en la vida pública y mantienen viva la esperanza aun en medio de las dificultades. La nación también se construye desde esos espacios cotidianos donde se forman ciudadanos y se preservan valores.

Sin embargo, la grandeza de aquel sacrificio nos confronta con una pregunta inevitable:

¿Estamos convirtiendo esa herencia en un país digno de quienes lo hicieron posible?

Un país puede ser formalmente independiente y, al mismo tiempo, generar dependencias invisibles: inseguridad que limita la libertad, desigualdad que fragmenta la cohesión social, falta de oportunidades que empuja a emigrar, instituciones que no siempre responden a la confianza de la gente. Cuando la vida cotidiana se vuelve una lucha permanente, la independencia corre el riesgo de convertirse en símbolo y no en experiencia.

La independencia del siglo XXI no se defiende con fusiles, sino con instituciones sólidas, educación transformadora, economía productiva y ética pública. Se construye cuando el trabajo honesto permite vivir con tranquilidad, cuando la ley protege por igual, cuando el mérito encuentra espacio y cuando el país se convierte en un lugar donde quedarse sea una elección llena de sentido, no una obligación ni una renuncia.

Desde una mirada más profunda, la independencia también es una actitud colectiva ante la vida. Es la capacidad de una sociedad de hacerse cargo de sí misma, de no vivir solo reaccionando a los problemas, sino creando soluciones. Los pueblos, como las personas, pueden instalarse en la queja o asumir la responsabilidad de construir.

Quizás por eso la dominicanidad es una mezcla singular de resiliencia y alegría, de fe y determinación. Somos un pueblo que se levanta después de cada dificultad, que celebra incluso en la escasez y que conserva una esperanza persistente en el mañana. Esa esperanza no es ingenuidad; es una forma de valentía cultural.

Pero la esperanza necesita dirección. Los fundadores no lucharon para que repitiéramos su historia, sino para que la superáramos. Nos entregaron la soberanía política; nos corresponde convertirla en bienestar compartido, en movilidad social real, en igualdad de oportunidades y en un país que cuide a su gente.

La patria no es un objeto que se posee, sino un proyecto que se ejerce. Vive en la madre que sostiene a su familia con sacrificio silencioso, en el maestro que abre horizontes, en el joven que decide quedarse y aportar, en el emprendedor que arriesga, en el servidor público que actúa con integridad, en cada ciudadano que no renuncia a creer en su país.

También se debilita cuando normalizamos lo inaceptable, cuando la apatía sustituye a la participación o cuando el desencanto reemplaza a la responsabilidad. La libertad rara vez se pierde de forma abrupta; se erosiona lentamente cuando dejamos de exigirnos más como sociedad.

La independencia dominicana es una herencia, pero también una exigencia moral. Nos recuerda que no basta con existir como nación: hay que merecerla continuamente. Que no basta con recordar a los fundadores: hay que continuar su obra con las herramientas de nuestro tiempo.

Tal vez la pregunta más honesta que podemos hacernos hoy no sea qué ocurrió en 1844, sino qué ocurrirá en 2044. ¿Qué país heredarán nuestras hijas y nuestros hijos?. Si encontrarán aquí oportunidades para desplegar su talento o razones para marcharse. Si sentirán que pertenecer a esta tierra es una ventaja o una carga.

Porque la independencia, en su sentido más profundo, no consiste solo en no tener amo. Consiste en tener un destino y la voluntad colectiva de construirlo.

La generación de Duarte nos entregó un país posible. La nuestra tiene la responsabilidad de convertirlo en un país confiable, justo y esperanzador. Un país donde la dignidad no sea privilegio, sino condición; donde la valentía no consista en sobrevivir, sino en crear; donde la visión de futuro sea más fuerte que el miedo o la resignación.

La independencia dominicana es, en esencia, la dignidad que heredamos y el país que estamos obligados a construir.

Y honrarla —también desde la mirada de las mujeres que han sostenido la nación con patriotismo, servicio y entrega— no consiste solo en recordarla, sino en demostrar, cada día, que estamos a la altura de ella.

En honor a tantos hombres y mujeres que, desde el silencio del trabajo diario, honran la patria con dignidad, servicio y esperanza.

Zoraima Cuello

Doctora en Educación

Doctorada en Educación con especialidad en Liderazgo Organizacional; con Maestrías en Transformación Digital y en Alta gerencia. Postgrado en Dirección de Operaciones. Licenciada en Contabilidad, certificada internacionalmente en programas de liderazgo y mentoría. Con más de 25 años de experiencia gerencial en los sectores público y privado. Ocupó la posición de Viceministra de Seguimiento y Coordinación Gubernamental en el Ministerio de la Presidencia, implementando el sistema nacional de atención a emergencias y seguridad (911), el programa República Digital, el sistema de seguimiento de las metas presidenciales, la estrategia de ciberseguridad, y la implementación del Centro Nacional de Ciberseguridad, entre otros.

Actualmente se desempeña como Vicerrectora Ejecutiva de la Universidad del Caribe, función que conjuga con la Presidencia del Círculo de Cultura Democrática, entidad sin fines de lucro dedica al análisis y la elaboración de propuestas que impulsen el bienestar de la sociedad, fortalezcan la democracia y el desarrollo de la República Dominicana. La doctora Cuello es escritora e investigadora. Ha publicado diferentes artículos en numerosas revistas académicas y periódicos de circulación nacional. Es autora del libro 7 Riesgos de las Redes Sociales, ser Ciudadanos en un mundo tecnológico, y coautora del libro El desarrollo municipal, factor estratégico en el posicionamiento de México en los escenarios políticos y sociales del siglo XXI, entre otros.

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