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Amor que permanece frente a amores que pasan

Cuando llega la hora decisiva, Jesús no se echa atrás: se entrega por completo y se deja en nuestras manos, aun sabiendo lo frágil que es nuestro amor. El nuestro muchas veces es cambiante, se enfría, se cansa, se olvida; promete mucho, pero no siempre permanece. 

El suyo, en cambio, no se retira ni se agota. Ante la cercanía de la cruz, no elige despedirse, sino quedarse: se hace pan y se hace vino, se hace presencia permanente. 

Así, el Jueves Santo deja de ser un simple recuerdo y se convierte en un presente que no pasa. En cada Eucaristía, Cristo vuelve a darse sin medida, fiel incluso cuando nosotros no lo somos. 

Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.

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